El concepto de moda tal y como se entiende actualmente surgió en el Renacimiento. Aparecen, así, profesionales de la costura que se esforzaban por crear trajes ricos y originales, de vivos colores y formas imaginativas, otorgando gran relevancia a las mangas, los pliegues y las caídas de tela. En el siglo XVII, una fuerte influencia religiosa hizo que se volvieran a las formas austeras y se usase el paño como material más común, quedando la seda para las clases altas.
En el siglo XVIII el atuendo no cambia tanto respecto al siglo anterior. Además, el liderazgo de la moda pasó a Inglaterra, vistiendo el hombre con casaca de cuello vuelto, calzón hasta la rodilla y sombrero de copa. En el siglo XIX, el frac se fue acortando y ensanchando hasta parecerse a la actual chaqueta, el pantalón era amplio por arriba y se iba estrechando hasta el tobillo y apareció la raya y las capas se sustituyeron por abrigos de corte recto.
El siglo XXI se enfrenta a un problema: toda la moda está ya inventada. La resolución entonces es modernizar las modas de los siglos anteriores con materiales modernos y siempre dentro de una practicidad. Se mantienen los vaqueros y minifaldas y vuelven las faldas largas y los pantalones anchos. Es asombroso que no llevemos túnicas griegas, aunque sí que llevamos sandalias inspiradas en el calzado griego, en verano. En cualquier caso, lo que tiene de espectacular este siglo con respecto a los demás es que no hay una moda uniforme.
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